Es una sola división y casi nadie la tiene hecha: obras cerradas dividido presupuestos enviados, en un período largo. Largo importa — en obra los ciclos son de meses, y un trimestre corto miente.
Tomá un año, no un mes
Contá los presupuestos que enviaste en un año y las obras que efectivamente arrancaron de esos presupuestos. No importa si la obra arrancó al mes siguiente o al octavo: lo que se mide es el destino de lo cotizado, no la caja del mes.
La cuenta hacia atrás
- Presupuestos enviados en el año
- 60
- Obras cerradas de esos presupuestos
- 9
- Tasa de cierre
- 15%
- Para cerrar 12 obras el año que viene
- 80 presupuestos
Ochenta presupuestos son unas siete visitas al mes con su cómputo. Ahí la pregunta deja de ser "cómo consigo más obra" y pasa a ser una de dos: consigo más consultas, o subo la tasa de cierre. Son trabajos distintos y cuestan distinto.
Dos maneras de mover el número
- Subir la tasa: cotizar mejor a los que ya piden. Presupuestos más claros, entrega más rápida, seguimiento que exista. No cuesta plata, cuesta proceso.
- Subir el volumen: más consultas entrando. Cuesta plata, y solo rinde si la tasa no es mala — si cerrás una de veinte, duplicar consultas duplica también el trabajo de cotizar al pedo.
Una tasa muy baja rara vez es un problema de precio. Suele ser que se cotiza a cualquiera que pregunta, incluido quien todavía no tiene el terreno, el permiso ni la plata.
Calificar antes de cotizar
Tres preguntas antes de agendar la visita ordenan el embudo entero: ¿el terreno ya está?, ¿tenés un plazo en el que querés empezar?, ¿tenés un rango de inversión pensado? Quien no puede contestar ninguna de las tres no está listo para un cómputo — está juntando ideas, y eso merece otra conversación, no dos días de trabajo.
Cuando dejás de cotizar a todo el mundo pasan dos cosas a la vez: la tasa de cierre sube porque cambió quién entra, y te sobra tiempo para cotizar mejor a los que sí. Es la misma división, con mejores números en los dos lados.